divendres, 18 de març del 2011

JASÓ I ELS ARGONAUTES (4 ESO)

Un dels herois més coneguts de l'antiguitat és Jasó, per aquest motiu preparem un viatge que ens portarà per tot el mar Egeu fins al llunyà país de la Còlquida, on els nostres aventurers cercaran un tresor molt preuat: Un velló d'or¡¡¡¡










SEGUEIX EL FIL....



1. Esbrina qui era Jasó, busca qui eren els seus pares i el seu lloc d'orígen.



2. Explica per quin motiu vol trobar el velló d'or.



3. Busca dins del mapa les ciutats per on passa Jasó durant el seu periple.










4. Què era el velló d'or?



5. Busca imatges de Jasó i dels seus companys Argonautes.



6. Cerca qui era Medea i resumeix la seva vida. (Il·ustra la resposta amb imatges)



7. Descobreix com aconsegueix Jasó agafar el velló i explica si té exit en la seva missió.










EINES



















QUADERN VIRTUAL



divendres, 18 de febrer del 2011

FIL A L'AGULLA (4ESO)

MUSAE FABULAS POETIS DICTANT



Avui a la classe de llatí de 4ESO hem traduït aquesta oració, alguns alumnes han preguntat que és una Musa, a partir d'aquí proposem la tasca següent:

a) Esbrina el significat de la paraula Musa

b) Escriu el nom de les Muses i digues quina és la funció de les mateixes.

c) Cerca una imatge que consideris representativa de les Muses.

diumenge, 6 de febrer del 2011

Text d'Ovidi (Orfeu i Eurídice)

Orfeo y Eurídice (Ovidio, Metamorfosis, X, 1-71)

Orfeo y Eurídice
De ahí por el inmenso éter, velado de su atuendo
de azafrán, se aleja, y a las orillas de los cícones Himeneo
tiende, y no en vano por la voz de Orfeo es invocado.
Asistió él, ciertamente, pero ni solemnes palabras,
5ni alegre rostro, ni feliz aportó su augurio;
la antorcha también, que sostenía, hasta ella era estridente de lacrimoso humo,
y no halló en sus movimientos fuegos ningunos.
El resultado, más grave que su auspicio. Pues por las hierbas, mientras
la nueva novia, cortejada por la multitud de las náyades, deambula,
10muere al recibir en el tobillo el diente de una serpiente.
A la cual, a las altísimas auras después que el rodopeio bastante hubo llorado,
el vate, para no dejar de intentar también las sombras,
a la Estige osó descender por la puerta del Ténaro,
y a través de los leves pueblos y de los espectros que cumplieran con el sepulcro,
15a Perséfone acude y al que los inamenos reinos posee,
de las sombras el señor, y pulsados al son de sus cantos los nervios,
así dice: “Oh divinidades del mundo puesto bajo el cosmos,
al que volvemos a caer cuanto mortal somos creados,
si me es lícito, y, dejando los rodeos de una falsa boca,
20la verdad decir dejáis, no aquí para ver los opacos
Tártaros he descendido, ni para encadenar las triples
gargantas, vellosas de culebras, del monstruo de Medusa.
Causa de mi camino es mi esposa, en la cual, pisada,
su veneno derramó una víbora y le arrebató sus crecientes años.
25Poder soportarlo quise y no negaré que lo he intentado:
me venció Amor. En la altísima orilla el dios este bien conocido es.
Si lo es también aquí lo dudo, pero también aquí, aun así, auguro que lo es
y si no es mentida la fama de tu antiguo rapto,
a vosotros también os unió Amor. Por estos lugares yo, llenos de temor,
30por el Caos este ingente y los silencios del vasto reino,
os imploro, de Eurídice detened sus apresurados hados.
Todas las cosas os somos debidas, y un poco de tiempo demorados,
más tarde o más pronto a la sede nos apresuramos única.
Aquí nos encaminamos todos, esta es la casa última y vosotros
35los más largos reinados poseéis del género humano.
Ella también, cuando sus justos años, madura, haya pasado,
de la potestad vuestra será: por regalo os demando su disfrute.
Y si los hados niega la venia por mi esposa, decidido he
que no querré volver tampoco yo. De la muerte de los dos gozaos.”
40Al que tal decía y sus nervios al son de sus palabras movía,
exangües le lloraban las ánimas; y Tántalo no siguió buscando
la onda rehuida, y atónita quedó la rueda de Ixíon,
ni desgarraron el hígado las aves, y de sus arcas libraron
las Bélides, y en tu roca, Sísifo, tú te sentaste.
45Entonces por primera vez con sus lágrimas, vencidas por esa canción, fama es
que se humedecieron las mejillas de las Euménides, y tampoco la regia esposa
puede sostener, ni el que gobierna las profundidades, decir que no a esos ruegos,
y a Eurídice llaman: de las sombras recientes estaba ella
en medio, y avanzó con un paso de la herida tardo.
50A ella, junto con la condición, la recibe el rodopeio héroe,
de que no gire atrás sus ojos hasta que los valles haya dejado
del Averno, o defraudados sus dones han de ser.
Se coge cuesta arriba por los mudos silencios un sendero,
arduo, oscuro, de bruma opaca denso,
55y no mucho distaban de la margen de la suprema tierra.
Aquí, que no abandonara ella temiendo y ávido de verla,
giró el amante sus ojos, y en seguida ella se volvió a bajar de nuevo,
y ella, sus brazos tendiendo y por ser sostenida y sostenerse contendiendo,
nada, sino las que cedían, la infeliz agarró auras.
60Y ya por segunda vez muriendo no hubo, de su esposo,
de qué quejarse, pues de qué se quejara, sino de haber sido amada,
y su supremo adiós, cual ya apenas con sus oídos él
alcanzara, le dijo, y se rodó de nuevo adonde mismo.
No de otro modo quedó suspendido por la geminada muerte de su esposa Orfeo
65que el que temeroso de ellos, el de en medio portando las cadenas,
los tres cuellos vio del perro, al cual no antes le abandonó su espanto
que su naturaleza anterior, al brotarle roca a través de su cuerpo;
y el que hacia sí atrajo el crimen y quiso parecer,
Óleno, que era culpable; y tú, oh confiada en tu figura,
70infeliz Letea, las tuyas, corazones unidísimos
en otro tiempo, ahora piedras a las que húmedo sostiene el Ida.
Implorante, y en vano otra vez atravesar queriendo,
el barquero le vetó: siete días, aun así él,
sucio en esa ribera, de Ceres sin la ofrenda estuvo sentado.
75El pesar y el dolor del ánimo y lágrimas sus alimentos fueron.
De que eran los dioses del Érebo crueles habiéndose lamentado, hacia el alto
Ródope se recogió y, golpeado de los aquilones, al Hemo.
Al año, concluido por los marinos Peces, el tercer
Titán le había dado fin, y rehuía Orfeo de toda
80Venus femenina, ya sea porque mal le había parado a él,
o fuera porque su palabra había dado; de muchas, aun así, el ardor
se había apoderado de unirse al vate: muchas se dolían de su rechazo.
Él también, para los pueblos de los tracios, fue el autor de transferir
el amor hacia los tiernos varones, y más acá de la juventud
85de su edad, la breve primavera cortar y sus primeras flores.

dimecres, 21 d’octubre del 2009

Ovidio, Metamorphosis (I 750-765 / II 1-330) Faetón.


Faetón (I)



Tuvo éste en ánimos un igual, y en años,





del Sol engendrado, Faetón; al cual, un día, que grandes cosas decía

750




y que ante él no cedía, de que fuera Febo su padre soberbio,





no lo soportó el Ináquida y «A tu madre», dice, «todo como demente





crees y estás henchido de la imagen de un genitor falso».





Enrojeció Faetón y su ira por el pudor reprimió,





y llevó a su madre Clímene los insultos de Épafo,

755




y «Para que más te duelas, mi genetriz», dice, «yo, ese libre,





ese fiero me callé. Me avergüenza que estos oprobios a nos





sí decirse han podido, y no se han podido desmentir.





Mas tú, si es que he sido de celeste estirpe creado,





dame una señal de tan gran linaje y reclámame al cielo».

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Dijo y enredó sus brazos en el materno cuello,





y por la suya y la cabeza de Mérope y las teas de sus hermanas,





que le trasmitiera a él, le rogó, signos de su verdadero padre.





Ambiguo si Clímene por las súplicas de Faetón o por la ira





movida más del crimen dicho contra ella, ambos brazos al cielo

765




extendió y mirando hacia las luces del Sol:





«Por el resplandor este», dice, «de sus rayos coruscos insigne,





hijo, a ti te juro, que nos oye y que nos ve,





que de éste tú, al que tú miras, de éste tú, que templa el orbe,





del Sol, has sido engendrado. Si mentiras digo, niéguese él a ser visto

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de mí y sea para los ojos nuestros la luz esta la postrera.





Y no larga labor es para ti conocer los patrios penates.





De donde él se levanta la casa es confín a la tierra nuestra:





si es que te lleva tu ánimo, camina y averígualo de él mismo».





Brinca al instante, contento después de tales

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palabras de la madre suya, Faetón, y concibe éter en su mente,





y por los etíopes suyos y, puestos bajo los fuegos estelares,





por los indos atraviesa, y de su padre acude diligente a los ortos.




Libro segundo



Faetón (II)



El real del Sol era, por sus sublimes columnas, alto,





claro por su rielante oro y, que a las llamas imita, por su piropo,





cuyo marfil nítido las cúspides supremas cubría;





de plata sus bivalvas puertas radiaban de su luz.





A la materia superaba su obra; pues Múlciber allí

5




las superficies había cincelado, que ciñen sus intermedias tierras,





y de esas tierras el orbe, y el cielo, que domina el orbe.





Azules tiene la onda sus dioses: a Tritón el canoro,





a Proteo el ambiguo, y de las ballenas apretando,





a Egeón, las inabarcables espaldas con sus brazos,

10




a Doris y a sus nacidas, de las cuales, parte nadar parece,





parte, en una mole sentada, sus verdes cabellos secar;





de un pez remolcarse algunas; su faz no es de todas una misma,





no distante, aun así, cual decoroso es entre hermanas.





La tierra hombres y ciudades lleva, y espesuras y fieras

15




y corrientes y ninfas y los restantes númenes del campo.





De ello encima, impuesta fue del fulgente cielo la imagen,





y signos seis en las puertas diestras y otros tantos en las siniestras.





Adonde, en cuanto por su ascendente senda de Clímene la prole





llegó y entró de su dudado padre en los techos,

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en seguida hacia los patrios rostros lleva sus plantas,





y se apostó lejos, pues no más cercanas soportaba





sus luces: de una purpúrea vestidura velado, sentábase





en el solio Febo, luciente de sus claras esmeraldas.





A diestra e izquierda el Día y el Mes y el Año,

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y los Siglos, y puestas en espacios iguales las Horas,





y la Primavera nueva estaba, ceñida de floreciente corona,





estaba desnudo el Verano y coronas de espigas llevaba;





estaba también el Otoño, de las pisadas uvas sucio,





y glacial el Invierno, arrecidos sus canos cabellos.

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Desde ahí, central según su lugar, por la novedad de las cosas atemorizado





al joven el Sol con sus ojos, con los que divisa todo, ve,





y «¿Cuál de tu ruta es la causa? ¿A qué en este recinto», dice, «acudías,





progenie, Faetón, que tu padre no ha de negar?».





Él responde: «Oh luz pública del inmenso mundo,

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Febo padre, si me das el uso del nombre este





y Clímene una culpa bajo esa falsa imagen no esconde:





prendas dame, genitor, por las que verdadera rama tuya





se me crea y el error arranca del corazón nuestro».





Había dicho, mas su genitor, alrededor de su cabeza toda rielantes

40




se quitó los rayos, y más cerca avanzar le ordenó





y un abrazo dándole: «Tú de que se niegue que eres mío





digno no eres, y Clímene tus verdaderos» dice «orígenes te ha revelado,





y para que menos lo dudes, cualquier regalo pide, que,





pues te lo otorgaré, lo tendrás. De mis promesas testigo sea,

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por la que los dioses han de jurar, la laguna desconocida para los ojos nuestros».





No bien había cesado, los carros le ruega él paternos,





y, para un día, el mando y gobierno de los alípedes caballos.





Le pesó el haberlo jurado al padre, el cual, tres y cuatro veces





sacudiendo su ilustre cabeza: «Temeraria», dijo,

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«la voz mía por la tuya se ha hecho. Ojalá mis promesas pudiera





no conceder. Confieso que sólo esto a ti, mi nacido, te negaría;





pero disuadirte me es dado: no es tu voluntad segura.





Grandes pides, Faetón, regalos, y que ni a las fuerzas





esas convienen ni a tan pueriles años.

55




La suerte tuya mortal: no es mortal lo que deseas.





A más incluso de lo que los altísimos alcanzar pueden,





ignorante, aspiras; aunque pueda a sí mismo cada uno complacerse,





ninguno, aun así, es capaz de asentarse en el eje





portador del fuego, yo exceptuado. También el regidor del vasto Olimpo,

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que fieros rayos lanza con su terrible diestra,





no llevará estos carros, y qué que Júpiter mayor tenemos.





Ardua la primera vía es y con la que apenas de mañana, frescos,





pugnan los caballos; en medio está la más alta del cielo,





desde donde el mar y las tierras a mí mismo muchas veces ver

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me dé temor, y de pávido espanto tiemble mi pecho;





la última, inclinada vía es, y precisa de manejo cierto:





entonces, incluso la que me recibe en sus sometidas olas,





que yo no caiga de cabeza, Tetis misma, suele temer.





Añade que de una continua rotación se arrebata el cielo

70




y sus estrellas altas arrastra y en una rápida órbita las vira.





Pugno yo en contra, y no el ímpetu que a lo demás a mí me





vence, y contrario circulo a ese rápido orbe.





Figúrate que se te han dado los carros. ¿Qué harás? ¿Podrías





en contra ir de los rotantes polos para que no te arrebate el veloz eje?

75




Acaso, también, las florestas allí y las ciudades de los dioses





concibas en tu ánimo que están, y sus santuarios ricos





en dones. A través de insidias el camino es, y de formas de fieras,





y aunque tu ruta mantengas y ningún error te arrastre,





a través, aun así, de los cuernos pasarás del adverso Toro,

80




y de los hemonios arcos, y la boca del violento León,





y del que sus salvajes brazos curva en un circuito largo,





el Escorpión, y del que de otro modo curva sus brazos, el Cangrejo.





Tampoco mis cuadrípedes, ardidos por los fuegos esos





que en su pecho tienen, que por su boca y narices exhalan,

85




a tu alcance gobernar está: apenas a mí me sufren cuando sus agrios





ánimos se enardecen, y su cerviz rechaza las riendas.





Mas tú, de que no sea yo para ti el autor de este funesto regalo,





mi nacido, cuida y, mientras la cosa lo permite, tus votos corrige.





Claro es que para que de nuestra sangre tú engendrado te creas

90




unas prendas ciertas pides: te doy unas prendas ciertas temiendo,





y con el paterno miedo que tu padre soy pruebo. Mira los rostros





aquí míos, y ojalá tus ojos en mi pecho pudieras





inserir y dentro desprender los paternos cuidados.





Y, por último, cuanto tiene el rico cosmos mira en derredor,

95




y de tantos y tan grandes bienes del cielo y la tierra





y el mar demanda algo: ninguna negativa sufrirás.





Te disuado de esto solo, que por verdadero nombre un castigo,





no un honor es: un castigo, Faetón, en vez de un regalo demandas.





¿Por qué mi cuello sostienes, ignorante, con tus blandos brazos?

100




No lo dudes, se te concederá -las estigias ondas hemos jurado-





aquello que pidas. Pero tú con más sabiduría pide.





Había acabado sus advertencias. Sus palabras, aun así, él rechaza





y su propósito apremia y flagra en el deseo del carro.





Así pues, lo que podía, su genitor, irresoluto, a los altos

105




conduce al joven, de Vulcano regalos, carros.





Áureo el eje era, el timón áureo, áurea la curvatura





de la extrema rueda, de los radios argénteo el orden.





Por los yugos unos crisólitos y, puestas en orden, unas gemas,





claras devolvían sus luces, reverberante, a Febo.

110




Y mientras de ello, henchido, Faetón se admira y su obra





escruta, he aquí que vigilante abrió desde el nítido orto





la Aurora sus purpúreas puertas, y plenos de rosas





sus atrios. Se dispersan las estrellas, cuyas columnas conduce





el Lucero, y de su posta del cielo el postrero sale:

115




al cual cuando buscar las tierras, y que el cosmos enrojecía, vio,





y los cuernos como desvanecerse de la extrema luna,





uncir los caballos el Titán impera a las veloces Horas.





Sus órdenes las diosas rápidas cumplen y, fuego vomitando





y de jugo de ambrosia saciados, de sus pesebres altos

120




a los cuadrípedes sacan, y les añaden sus sonantes frenos.





Entonces el padre la cara de su nacido con una sagrada droga





tocó y la hizo paciente de la arrebatadora llama





e impuso a su pelo los rayos, y, présagos del luto,





de su pecho angustiado reiterando suspiros, dijo:

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«Si puedes a estas advertencias al menos obedecer de tu padre,





sé parco, chico, con las aguijadas, y más fuerte usa las bridas.





Por sí mismos se apresuran: la labor es inhibirles tal deseo.





Y no a ti te plazca la ruta, derechos, a través de los cinco arcos.





Cortada en oblicuo hay, de ancha curvatura, una senda,

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y, con la frontera de tres zonas contentándose, del polo





rehúye austral y, vecina a los aquilones, de la Osa.





Por aquí sea tu camino: manifiestas de mi rueda las huellas divisarás;





y para que soporten los justos el cielo y la tierra calores,





ni hundas ni yergas por los extremos del éter el carro.

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Más alto pasando los celestes techos quemarás,





más bajo, las tierras: por el medio segurísimo irás.





Tampoco a ti la más diestra te decline hacia la torcida Serpiente,





ni tu más siniestra rueda te lleve, hundido, al Ara.





Entre ambos manténte. A la Fortuna lo demás encomiendo,

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la cual te ayude, y que mejor que tú por ti vele, deseo.





Mientras hablo, puestas en el vespertino litoral, sus metas





la húmeda noche ha tocado; no es la demora libre para nos.





Se nos reclama, y fulge, las tinieblas ahuyentadas, la Aurora.





Coge en la mano las riendas, o, si un mudable pecho

145




es el tuyo, los consejos, no los carros usa nuestros.





Mientras puedes y en unas sólidas sedes todavía estás,





y mientras, mal deseados, todavía no pisas, ignorándolos, mis ejes,





las que tú seguro contemples, déjame dar, las luces a las tierras».





Ocupa él con su juvenil cuerpo el leve carro

150




y se aposta encima, y de que a sus manos las leves riendas hayan tocado





se goza, y las gracias da de ello a su contrariado padre.





Entre tanto, voladores, Pirois, y Eoo y Eton,





del Sol los caballos, y el cuarto, Flegonte, con sus relinchos llameantes





las auras llenan y con sus pies las barreras baten.

155




Las cuales, después de que Tetis, de los hados ignorante de su nieto,





retiró, y hecha les fue provisión del inmenso cielo,





cogen la ruta y sus pies por el aire moviendo





a ellos opuestas hienden las nubes, y con sus plumas levitando





atrás dejan, nacidos de esas mismas partes, a los Euros.

160




Pero leve el peso era y no el que conocer pudieran





del Sol los caballos, y de su acostumbrado peso el yugo carecía,





y como se escoran, curvas, sin su justo peso las naves,





y por el mar, inestables por su excesiva ligereza, vanse,





así, de su carga acostumbrada vacío, da en el aire saltos

165




y es sacudido hondamente, y semejante es el carro a uno inane.





Lo cual en cuanto sintieron, se lanzan, y el trillado espacio





abandonan los cuadríyugos, y no en el que antes orden corren.





Él se asusta, y no por dónde dobla las riendas a él encomendadas,





ni sabe por dónde sea el camino, ni si lo supiera se lo imperaría a ellos.

170




Entonces por primera vez con rayos se calentaron los helados Triones





y, vedada, en vano intentaron en la superficie bañarse,





y la que puesta está al polo glacial próxima, la Serpiente,





del frío yerta antes y no espantable para nadie,





se calentó y tomó nuevas con esos hervores unas iras.

175




Tú también que turbado huiste cuentan, Boyero,





aunque tardo eras y tus carretas a ti te retenían.





Pero cuando desde el supremo éter contempló las tierras





el infeliz Faetón, que a lo hondo, y a lo hondo, yacían,





palideció y sus rodillas se estremecieron del súbito temor,

180




y le fueron a sus ojos tinieblas en medio de tanta luz brotadas,





y ya quisiera los caballos nunca haber tocado paternos,





ya de haber conocido su linaje le pesa, y de haber prevalecido en su ruego.





Ya, de Mérope decirse deseando, igual es arrastrado que un pino





llevado por el vertiginoso bóreas, al que vencidos sus frenos

185




ha soltado su propio regidor, y al que a los dioses y a los rezos ha abandonado.





¿Qué haría? Mucho cielo a sus espaldas ha dejado;





ante sus ojos más hay. Con el ánimo mide los dos;





y, ya, los que su hado alcanzar no es,





delante mira los ocasos; a las veces detrás mira los ortos,

190




y, de qué hacer ignorante, suspendido está, y ni los frenos suelta





ni de retenerlos es capaz, ni los nombres conoce de los caballos.





Esparcidas también en el variado cielo por todos lados maravillas,





y ve, tembloroso, los simulacros de las vastas fieras.





Hay un lugar, donde en gemelos arcos sus brazos concava

195




el Escorpión, y con su cola, y dobladas a ambos lados sus pinzas,





alarga en espacio los miembros de sus dos signos:





a éste el muchacho, cuando, húmedo del sudor de su negro veneno,





y heridas amenazando con su curvada cúspide, ve,





de la razón privado por el helado espanto las bridas soltó.

200




Las cuales, después de que tocaron postradas lo alto de sus espaldas,





se desorbitan los caballos y, nadie reteniéndolos, por las auras





de una ignota región van, y por donde su ímpetu les lleva,





por allá sin ley se lanzan, y bajo el alto éter se precipitan





contra las fijas estrellas y arrebatan por lo inaccesible el carro,

205




y ya lo más alto buscan, ya en pendiente y por rutas





vertiginosas a un espacio a la tierra más cercano vanse,





y de que más bajo que los suyos corran los fraternos caballos





la Luna se admira, y abrasadas las nubes humean.





Se prende en llamas, según lo que está más alto, la tierra,

210




y hendida produce grietas, y de sus jugos privada se deseca.





Los pastos canecen, con sus frondas se quema el árbol,





y materia presta para su propia perdición el sembrado árido.





De poco me quejo: grandes perecen, con sus murallas, ciudades,





y con sus pueblos los incendios a enteras naciones

215




en ceniza tornan; las espesuras con sus montes arden,





arde el Atos y el Tauro cílice y el Tmolo y el Oete





y, entonces seco, antes abundantísimo de fontanas, el Ide,





y el virgíneo Helicón y todavía no de Eagro el Hemo.





Arde a lo inmenso con geminados fuegos el Etna

220




y el Parnaso bicéfalo y el Érix y el Cinto y el Otris





y, que por fin de nieves carecería, el Ródope, y el Mimas





y el Díndima y el Mícale y nacido para lo sagrado el Citerón,





y no le aprovechan a Escitia sus fríos: el Cáucaso arde





y el Osa con el Pindo y mayor que ambos el Olimpo,

225




y los aéreos Alpes y el nubífero Apenino.





Entonces en verdad Faetón por todas partes el orbe





mira incendiado, y no soporta tan grandes calores,





e hirvientes auras, como de una fragua profunda,





con la boca atrae, y los carros suyos encandecerse siente;

230




y no ya las cenizas, y de ellas arrojada la brasa,





soportar puede, y envuelto está por todos lados de caliente humo,





y a dónde vaya o dónde esté, por una calina como de pez cubierto,





no sabe, y al arbitrio de los voladores caballos es arrebatado.





De su sangre, entonces, creen, al exterior de sus cuerpos llamada,

235




que los pueblos de los etíopes trajeron su negro color.





Entonces se hizo Libia, arrebatados sus humores con ese bullir,





árida, entonces las ninfas, con sueltos cabellos, a sus fontanas





y lagos lloraron: busca Beocia a su Dirce,





Argos a Amímone, Éfire a las pirénidas ondas.

240




Y tampoco las corrientes, las agraciadas con riberas distantes de lugar,





seguras permanecen: en mitad el Tanais humeaba de sus ondas,





y también Peneo el viejo y el teutranteo Caíco





y el veloz Ismeno con el fegíaco Erimanto





y el que habría de arder de nuevo, el Janto, y el flavo Licormas

245




y el que juega, el Meandro, entre sus recurvadas ondas,





y el migdonio Melas y el tenario Eurotas.





Ardió también el Eufrates babilonio, ardió el Orontes





y el Termodonte raudo y el Ganges y el Fasis y el Histro.





Bulle el Alfeo, las riberas del Esperquío arden,

250




y el que en su caudal el Tajo lleva, fluye, por los fuegos, el oro,





y las que frecuentaban con su canción las meonias riberas,





sus fluviales aves, se caldean en mitad del Caístro.





El Nilo al extremo huye, aterrorizado, del orbe,





y se tapó la cabeza, que todavía está escondida; sus siete embocaduras,

255




polvorientas, están vacías, siete, sin su corriente, valles.





El azar mismo los ismarios Hebro y Estrimón seca,





y los Vespertinos caudales del Rin, el Ródano y el Po,





y al que fue de todas las cosas prometido el poder, al Tíber.





Saltó en pedazos todo el suelo y penetra en los Tártaros por las grietas

260




la luz, y aterra, con su esposa, al infernal rey;





y el mar se contrae, y es un llano de seca arena





lo que poco antes ponto era, y, los que alta cubría la superficie,





sobresalen esos montes y las esparcidas Cícladas ellos acrecen.





Lo profundo buscan los peces y no sobre las superficies, curvos,

265




a elevarse se atreven los delfines hacia sus acostumbradas auras;





los cuerpos de las focas, de espaldas sobre lo extremo del profundo,





exánimes, nadan; el mismo incluso Nereo, fama es,





y Doris y sus nacidas, que se ocultaron bajo tibias cavernas.





Tres veces Neptuno, de las aguas, sus brazos con torvo semblante

270




a extraer se atrevió, tres veces no soportó del aire los fuegos.





La nutricia Tierra, aun así, como estaba circundada de ponto,





entre las aguas del piélago y, contraídas por todos lados, sus fontanas,





que se habían escondido en las vísceras de su opaca madre,





sostuvo hasta el cuello, árida, su devastado rostro

275




y opuso su mano a su frente, y con un gran temblor





todo sacudiendo, un poco se asentó y más abajo





de lo que suele estar quedó, y así con seca voz habló:





«Si te place esto y lo he merecido, ¿a qué, oh, tus rayos cesan,





supremo de los dioses? Pueda la que ha de perecer por las fuerzas del fuego,

280




por el fuego perecer tuyo, y su calamidad por su autor aliviar.





Apenas yo, ciertamente, mis fauces para estas mismas palabras libero»





-le oprimía la boca el vapor- «quemados, ay, mira mis cabellos,





y en mis ojos tanta, tanta sobre mi cara brasa.





¿Estos frutos a mí, este premio de mi fertilidad

285




y de mi servicio me devuelves, porque las heridas del combado arado





y de los rastrillos soporto, y todo se me hostiga el año,





porque al ganado frondas, y alimentos tiernos, los granos,





al humano género, a vosotros también inciensos, suministro?





Pero aun así, este final pon que yo he merecido ¿Qué las ondas,

290




qué ha merecido tu hermano? ¿Por qué, a él entregadas en suerte,





las superficies decrecen y del éter más lejos se marchan?





Y si ni la de tu hermano, ni a ti mi gracia te conmueve,





mas del cielo compadécete tuyo. Mira a ambos lados:





humea uno y otro polo, los cuales si viciara el fuego,

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los atrios vuestros se desplomarán. Atlante, ay, mismo padece,





y apenas en sus hombros candente sostiene el eje.





Si los estrechos, si las tierras perecen, si el real del cielo:





en el caos antiguo nos confundimos. Arrebata a las llamas





cuanto todavía quede y vela por la suma de las cosas».

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Había dicho esto la Tierra, puesto que ni tolerar el vapor





más allá pudo ni decir más, y la boca





suya se devolvió a sí misma, y a sus cavernas a los manes más cercanas.





Mas el padre omnipotente, los altísimos poniendo por testigos y a aquél mismo





que había dado sus carros, de que, si ayuda él no prestara, todas las cosas de un hado

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desaparecerían grave, acude, arduo, al supremo recinto





desde donde suele las nubes congregar sobre las anchas tierras,





desde donde mueve los truenos, y sus blandidos rayos lanza.





Pero ni las que pudiera sobre las tierras congregar, nubes





entonces tuvo, ni las que del cielo mandara, lluvias:

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truena, y balanceando un rayo desde su diestra oreja





lo mandó al auriga y, al par, de su aliento y de sus ruedas





lo expelió, y apacentó con salvajes fuegos los fuegos.





Constérnanse los caballos, y un salto dando en contrario





sus cuellos del yugo arrebatan, y sus rotas correas abandonan:

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por allí los frenos yacen, por allí, del timón arrancado,





el eje, en esta parte los radios de las quebradas ruedas,





y esparcidos quedan anchamente los vestigios del lacerado carro.





Mas Faetón, con llama devastándole sus rútilos cabellos,





rodando cae en picado, y en un largo trecho por los aires

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va, como a las veces desde el cielo una estrella, sereno,





aunque no ha caído, puede que ha caído parecer.





Al cual, lejos de su patria, en el opuesto orbe, el máximo





Erídano lo recibió, y le lavó, humeante, la cara.





Las náyades Vespertinas, por la trífida llama humeante,

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su cuerpo dan a un túmulo, e inscriben también con esta canción la roca:





AQUÍ · SITO · QUEDA · FAETÓN · DEL · CARRO · AURIGA · PATERNO





QUE · SI · NO · LO · DOMINÓ · AUN · ASÍ · SUCUMBIÓ · A · UNAS · GRANDES · OSADÍAS





Pues su padre, cubiertos por su luto afligido, digno de compasión,





había escondido sus semblantes, y si es que lo creemos, que un único

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día pasó sin sol refieren; los incendios luz





prestaban, y algún uso hubo en el mal aquel.